Bajarse del camión es como volver de la guerra, casi imposible.
Y no es que subirse sea mucho mas fácil, pero al menos cuando te subes te sientes victorioso.
Tu mente exclama -¡Yeah! Lo volví a lograr. Conseguí ser vista por el conductor, que se parase, que no me salpicara, y entrar.
La bajada es un tanto más complicada. Debes de adivinar dónde quieres parar tú, dónde quiere parar el Don y proporcionalmente a la velocidad de la luz que lleve el vehículo en ese momento, cuánta fuerza debes hacer para agarrarte y evitar la muerte por estrellamiento contra la luna delantera en la frenada. Todo con una sonrisa y rematado con un -Gracias, que tenga usted un buen día. Cuando lo único que crece en tus entrañas es algo más similar a -¿en qué tómbola le regalaron el carnet de conducir, señor? Búsquese otro oficio por favor, se lo ruego, la vida de muchas personas trabajadoras están en sus manos a diario, o así concretamente -cagüen hasta en cada una de las letras de tu permiso de conducir señor, ¡adiós!
Pero si bajaste por delante, todavía quiere decir que ha sido un buen trayecto, te has podido quedar adelante así que no había demasiada gente y posiblemente tendrías asiento. Pero si bajas por detrás…uiiiiiiiii, a lo anterior hay que sumarle que para llegar a oprimir el botón de parada has tenido que pasar por encima de un montón de gente pegañosa y, si tienes suerte, hasta del que ameniza el viaje con la guitarrilla, cante que cante.
Lo dicho, casi imposible.
Aún así, a mí me fascina el camión, y una de las cosas que más es la habilidad del hombre-músico amenizador del autobús para cantar, tocar la guitarra y no moverse con el vehículo a dos mil por hora. ¿Cómo lo hará? Mañana le pregunto su truco.
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Lucía Entrialgo Pereira